Ottawa (12 y 13 de noviembre de 2009)

Ottawa
(clic en las fotos para verlas más grandes)

Copiando a Les Luthier, diré que nuestras primeras impresiones en Canadá, fueron digitales. Ahora te evitas los manchurrones de tinta en los dedos, pero la sensación de que el viajero aéreo es un delincuente por definición, y que debe demostrar continuamente su inocencia, es continua, permanente, presente en cada momento de los viajes que hasta la fecha he realizado.

Si a eso le añadimos que el esfuerzo de las compañías y autoridades no está destinado precisamente a hacer el viaje más agradable, o a mejorar la gestión de equipajes o a facilitar los enlaces, o ayudar a la gente que no viaja con frecuencia, y que raro es quien no haya sufrido problemas en ese sentido, concluímos que volar no es, a veces, una experiencia placentera. No voy a dramatizar, tampoco pasó nada en esta ocasión que, después de una semana, no se pueda considerar una anécdota, que incluso permite estirar algo la conversación cuando te preguntan “¿y qué tal en Canadá?”. Lo que te fastidia es lo sencillo que hubiera sido evitarlo, o lo fácil que hubiera sido, para los causantes, quedar bastante mejor de lo que van a perdurar en mi memoria (y en mi blog, je).

Teníamos vuelo a Frankfurt, con una hora de “espera”, seguido de otro directo a Ottawa, que partía de la misma terminal. El primero con Lufthansa, el segundo con Air Canada. Debido a congestión en Frankfurt (mal tiempo), el avión no pudo partir de Madrid a tiempo (cosas de los “slot”, que llaman ellos). Llegó casi media hora tarde. ¿Nos daría tiempo? Pues va a ser que no. Por Murphy, que siempre aparece en estos casos, aterrizamos en la terminal más alejada posible a nuestro vuelo siguiente, en uno de los aeropuertos más grandes y con más tráfico del mundo. Gracias también a Murphy hay que pasar de nuevo control de pasaportes, de seguridad, y observar como cierran la puerta delante de ti, aunque llegues con el corazón en la boca, cinco minutos antes de la hora límite porque, según ellos, ya sabían que no nos iba a dar tiempo. Para qué nos lo van a decir al desembarcar, o para qué van a acompañarnos para agilizar todo, o para qué van a encargar a alguien a que nos dé explicaciones, o simplemente nos ayude con los trámites sin tener que ser nosotros los que nos busquemos la vida. Debe de ser que eso no está incluido en precio del billete, como dentro de poco tampoco lo estará el equipaje, o el ir a mear.

La mujer de Murphy debía ser la que nos atendió y nos dijo que no había nada hasta el día siguiente (tarde para nuestro concierto). Y fue Murphy el que puso en hora su reloj para terminar el turno en medio de las gestiones. “Mi compañero retomará (ojo al dato, no ‘continuará’) su incidencia”. Pues la vida nos dio que recomenzó, pues tras pedir permiso para darnos algo para un vuelo que salía en 30 minutos, nos consiguió Frankfurt-Londres-Toronto-Ottawa, algo que su compañera vio pero no quiso concedernos. Un rollo de viaje insufrible, pero que nos permitiría llegar a tiempo.

Aeropuerto de Ottawa
25 horas de viaje, con cambios de vuelo de dos horas en los que, vana esperanza, pensabas que descansarías, pero que usabas para pasar controles y moverte por docenas de pasillos y escaleras. Tras quitarte cuatro veces el cinturón -con riesgo de ser detenido por exhibicionismo si no lograbas sujetar el pantalón a tiempo-, vaciarte los bolsillos (incluso objetos de papel), dejar monedero, móvil, pasaporte, mochila de la cámara, maletín -como para facturar las partituras y que te las pierdan-, y llevar todo en equilibrio en bandejas junto al abrigo, bufanda y chaleco, y tras algún cacheo y revisión detallada de la mochila, llegamos de madrugada a Ottawa.

Ottawa de noche
Como todo era demasiado bonito, nos perdieron el equipaje (con la ropa del concierto). Más esperas para reclamarlo, dar papeles en aduana e intentar averiguar qué pasaría con las maletas. Lo que tendría que haber sido una tarde tranquila con una recepción con gente que nos esperaba allí, una noche completa de sueño placentero, y un día sosegado de ensayo, prueba de sonido y descanso en el hotel antes del concierto, se convirtió en un cabreo monumental, una llegada de madrugada sin nada para dormir siquiera, y un día de cansancio y búsqueda de lugares para comprar o alquilar ropa.

Tuxedo renting
Al final prueba superada, pese a Murphy (que decidió reírse un poco más cuando encontramos nuestras maletas ya de vuelta al hotel, llegaron casi al terminar el concierto). Tanto la gente de la embajada de España, como de la iglesia en la que se celebraba el concierto, y de Ars Nova, un grupo de voluntarios que colaboró en la organización, ayudaron para que todo fuera bien.

Concierto en St Bartholomew
La iglesia anglicana de St Bartholomews es agradable, tiene ese aspecto de los centros activos que, al margen de pertenecer a una confesión u otra, tienen una clara vocación de nutrirse del voluntariado, y de realizar cosas que creen grupo y den valor añadido a la vida en el barrio. Está en una zona de embajadas, y frente a la residencia del Gobernador General (en este momento Gobernadora), al otro lado del río Rideau.

St Bartholomew
Puedes continuar viendo el día 14, o regresar al índice de viajes y excursiones.

Leer entrada anterior
Concierto de música española

Hola, El próximo día 12 de noviembre viajaré a Canadá a dar un concierto, con el trío Contrastes, de música...

Cerrar