Cáparra y Lagunilla

Decidimos ser clásicos en lo que a planteamiento del miniviaje se refiere. Había que ir al campo, ver ruínas y monumentos, y visitar a un amigo.

Tal vez he sido demasiado irónico en mi comienzo, la verdad es que surgió así (el comienzo no, el viaje), bastante variado, cosa que niños y adultos agradecimos. Pasado el primer día de campo, y con el resto de la tarde para descansar en el camping (descansar es el eufemismo que utilizamos los adultos para decir “tomar una cerveza” y los niños para “seguir corriendo sin parar”), la segunda jornada decidimos acercarnos a las cercanas ruinas romanas de Cáparra.

Es dificil, en este país, ir a algún sitio y no tener cerca ruinas romanas, más si estás a un tiro de piedra de una de las principales calzadas, que cruzaban de norte a sur la península, cual es la vía, o calzada de la plata, jalonada de villas, fortificaciones, teatros y ciudades de más o menos entidad. Es aún más dificil no encontrarte los vestigios bellamente asfaltados -para qué recordar tiempos no muy lejanos de nuestro anterior tirano- o convertidos en nave para paja, o corral para el ganado, o bien olvidados y deteriorados por el tiempo y los saqueadores.

Termas de Cáparra

En este caso el asentamiento tuvo cierta importancia para la zona, aunque no goza para nada del esplendor de otros lugares también cercanos, como Mérida. Los historiadores y estudiosos del mundo antíguo sabrán sacar tajada de los vestigios que allí se encuentran, aunque para los neófitos, aunque interesados en estos temas, la visita dura un ratito. Es interesante el video introductorio, que en el aula que han montado en el lugar se puede observar. Muestra una animación generada por ordenador, en tres dimensiones, que reconstruye la ciudad tal y como fue en su apogeo. Los niños agradecen esta introducción para contextualizar las pocas piedras que sobre el terreno se observarán.

Llama la atención el paisaje circundante, claridad alrededor, y en la lejanía perfiles de montañas. Olivos por doquier, y la sensación de que en su tiempo tuvo que ser agradable la vida en el lugar, obviando los, supongo, habituales enfrentamientos con bandidos, enemigos varios, y la clase dominante.

Horizonte en Cáparra

Se pueden visitar, e imaginar, las termas, el foro, la puerta de entrada por el recinto amurallado, y alguna que otra casa. De todo ello se contempla poco más que la planta, dejando a la imaginación del visitante, y a la reconstrucción virtual, el resto del edificio.

El arco tetrápilo, parece ser que el único que se conserva en pie en España, sí queda como vigilante en el tiempo de estos que otrora fueron sus dominios. Despojado de sus estatuas, y con menos brillo que antaño, desafía el paso de los siglos, y no permite que de la línea del horizonte desaparezca siquiera el último testimonio de la villa.

El lugar está bien cuidado, gracias al esfuerzo personal de gentes que, afortunadamente, se encuentrar en muchos lugares, y que pese a tener más o menos apoyo institucional -sea por material, sueldo o simple palmadita en la espalda- mantienen todo con tesón y empeño voluntarioso. Empeño que se debe más a su ilusión por conservar las ruinas, y sentirse parte de esa historia que, en el caso de las piedras, siempre sobrepasará a la de una persona.

Caminando en Cáparra

Dejamos Cáparra, pues estando a tiro de piedra (de piedra romana) de Plasencia, decidimos acercarnos. No es mucho el tiempo que podemos dedicar allí, y es cierto que esto es hacerle un feo a la ciudad, que se merece más detenimiento, pero queremos tener una visita rápida, una pequeña cata de lo que otro día será un festín mayor.

Después de cruzar por una de las puertas de la ciudad, nos dejamos llevar por las calles, sin más, aunque acabamos visitando, por estar en nuestro camino, la iglesia de San Vicente Ferrer, y la de San Nicolás, donde el amable párroco nos contó su mezcla de estilos, y su historia lejana y cercana.

Iglesia de San Vicente Ferrer

Paseamos hasta la plaza mayor, donda la hora y los calores imponen una cañita y un pinchito, y en la que nos encontramos mercado de fruta. Nos sorprende que pese a la revolución montada, después de comer en un restaurante cercano, nos la encontramos perfectamente recogida y límpia, y me permito hacer una panorámica de 360 grados, curiosa, en la que se pueden ver multitud de casas con encanto, jalonando los laterales del ágora placentino.

Mi cervezaaa

Pano de la plaza mayor de Plasencia

De camino hacia el coche pasamos por las catedrales, que únicamente vemos por fuera, pues están en fase de restauración, y le decimos hasta luego a la ciudad.

Catedral nueva de Plasencia

El último día, y tras recorrer por última vez el “camino secreto” que los niños habían descubierto, visitamos a unas muy buenas amigas en Lagunilla, pueblo al que llegamos, según nos cuentan, por los mismos caminos agrícolas que hace unos años recorrieron los ciclistas, eso sí, nosotros comodamente en el coche. Es un pueblo bonito, espectacular por su entorno, privilegiado por estar en la cumbre de la sierra, y que te permite dar un paseo a un lado para ver Extremadura completa, o a otro para ver hasta la sierra de Francia.

Ruta secreta

Allí nos tratan a cuerpo de rey, pues aparte de lo grato que es estar en compañía de amigos queridos, nos enseñan su pueblo, nos acogen en su casa, y nos preparan un festín digno de un príncipe. Los niños, también felices de poder curiosear a sus anchas. Nos hubiera gustado mucho poder dar un grato paseo por el campo, pero el cansancio y la necesidad de llegar ya a casa nos obligan a decir también hasta luego a Lagunilla.

Raquel nos enseña las casas

Puerta en Lagunilla

Iglesia en Lagunilla

Lagunilla

Antíguo palacio en Lagunilla

Espectacular flor, al pasear por Lagunilla

De todo esto también tienes cumplido reportaje fotográfico en el álbum de fotos dedicado a este viaje.

Juanfran

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